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domingo, 28 de diciembre de 2025





 Hay momentos, especialmente hacia el final del año, en que la vida parece pedirnos una pausa distinta: no para detenernos, sino para mirar hacia atrás con otra luz. Como si algo nos invitara a revisar de qué están hechas nuestras palabras, qué voces nos formaron, qué gestos cotidianos terminaron volviéndose un inicio o un final. No siempre recordamos los grandes hitos; a veces lo que persiste es una escena mínima, un verso, una amistad, un libro abierto en el momento justo.

¿Qué libro, qué verso, qué recuerdo de lectura te acompañará al empezar el nuevo año?


Hoy quiero dejar un mensaje al más allá, un mensaje sencillo y verdadero, que llegue a todos los que tenemos un familiar, un ángel en el cielo, y que en estos días quisiéramos sentar a la mesa. A ustedes, que no están en cuerpo pero sí en espíritu, en gesto, en palabra heredada, en risa repetida sin darnos cuenta. En la forma en que partimos el pan, en la silla que queda vacía pero nunca ausente.

Esta mesa de fin de año también es suya. Porque seguimos hechos de las historias que compartimos, del amor que no terminó con la despedida, de la presencia invisible que acompaña sin imponer. Brindamos por lo vivido, por lo que nos falta aprender, y por ese lazo que ni el tiempo ni la distancia han podido romper.

Tal vez no se trate de mirar al cielo con tristeza, sino de reconocer que habitan en nosotros. Y mientras alguien los recuerde, mientras una historia siga latiendo, ustedes también siguen aquí.

un abrazo al cielo por todos nuestros familiares y amigos que ya partieron


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